El auténtico Marvin Gaye

16/9/2018

“Marvin me sigue visitando cada noche mientras leo, pero ya no es aquel protegerse de los primeros días de ceguera, en los que escuchaba resignado los ruidos de los juegos en los que no podía participar. Ahora me visita para que me sienta protegido yo. Se tumba encima de mí con ronroneo de tenor, me toca la cara con sus patitas, cierra los ojos un rato y se va.
Ha descubierto que vivir sin ver casi es más emocionante. Porque esperar agazapado sobre la cama para saltar encima del primer gato que pasa tiene su "cosa" si no sabes, en la convivencia de los olores amigos, qué gato es el que se está acercando. Puede que sea el gato equivocado y que al salto le sigan un par de bufidos y algún capón, pero tampoco es para tanto porque sus compañeros de casa ya saben que Marvin es un poco "rarito".
Tampoco ha renunciado a las persecuciones que incluyen el recorrido de la casa: saltar a la terraza por la ventana, pasar por debajo de la persiana de la puerta otra vez a la salita... Aunque, algunas veces, un golpe seco indica que los planos de la memoria se han equivocado en algunos centímetros. Pero no pasa nada, el tiempo justo de sacudir la cabeza y seguir corriendo.
A veces se duerme y yo creo que sueña que ve; pero al despertar abre los enormes ojos a la nada y piensa que bueno, que ver tampoco es tan importante. Entonces me intuye, se tumba encima de mí un ratito, estira sus patitas para tocar mi cara y ronronea como un tenor, preguntándome si me hace falta algo."
 
(Carlos Gismera)